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Porque somos tan humanos…

18 Nov

A veces no sabemos valorar cuanto nos rodea y damos las cosas -o lo que es peor, a las personas- por hecho.

Desde siempre tuve claro que La Sangre, y sobre todo la versión femenina de ella, no aprobaba –completamente- mi relación con El Náufrago. Peleas fueron y vinieron aunque evité la mayoría de ellas en la medida en que encerraba mi relación con él en una “burbuja de cristal” y la alejaba del alcance de ésas personas que si bien desean lo mejor para mí, no estaban de acuerdo con mi decisión de estar a su lado.

Paulatinamente comencé a alejarme de La Sangre y las tradiciones familiares empezaron a perderse un poco por su culpa y otro por la mía; pero el crecimiento es tan sólo una parte ineludible de la vida. Reconozco que a veces me enfadaba que no se les viese el detalle o la iniciativa de invitar a mi novio a comer a casa; después de todo yo en su lugar creo que intentaría tener al susodicho cerca. Si tan malo les parecía, ¿qué mejor que aventurarse a conocerlo? Pero eso no sucedió.

Como ellos no daban el paso, entonces yo me vi entre dos alternativas: 1.) pasar los domingos en casa con ellos tal y como lo hacíamos tradicionalmente con un almuerzo juntos y luego tarde de películas o 2.) pasar el domingo con mi novio para liberarme un poco del yugo de La Sangre y compartir tiempo con él (tras la rutina de trabajo semanal y sabatina). Desarrollé un gusto por la segunda alternativa y el domingo llegó a convertirse en mi día favorito pero también el menos preferido de la semana porque si bien era el único día de descanso que tenía, también era el día en que más me costaba tener que volver a casa por la noche.

La Sangre no me lo reprochaba mucho porque daban la guerra por perdida; alguna vez cuando creían que yo iba a comer en casa me mostraban su clara desilusión al verme bajar por las escaleras vestida y lista para salir. Siempre ponían esa expresión en el rostro con la que me preguntaban ¿pero no te quedas a comer? A lo que yo una vez tras otra respondía que iba a comer con mi novio.

Nunca entendí por qué a mis padres jamás no se les ocurrió invitar a mi novio a casa para atacar el problema que tanto parecía desilusionarles. Si les pasó por la cabeza, entonces me pregunto por qué nunca lo hicieron.

Así transcurrió más de año y medio hasta que un buen día les dije que me iba de casa a vivir con él y sorprendentemente apenas una semana después, el primer fin de semana que pase en mi primer apartamento como mujer independiente y a pesar de que aún no me había mudado definitivamente, mis padres nos invitaron, a mi novio y a mí, a su casa el domingo a comer.

Admito que me sorprendió esa invitación que yo no esperaba. Tuvimos una velada fantástica aunque me quedó esa sensación de tristeza por sentir que bien podríamos haber aprovechado todos juntos ese tiempo –de cierto modo perdido- que ahora parecía como si ellos intentasen recuperar.

¿Por qué seremos así?

Porque somos tan humanos que a veces no caemos en cuenta de nuestro comportamiento sino que simplemente funcionamos “así”.

De aquello hace ya casi un año.

 
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Posted by on November 18, 2011 in los milagros existen

 

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