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Torpezas culinarias

12 Feb

Los viernes no son para mí un buen día y mientras el resto del planeta está celebrando que llega le fin de semana, yo estoy deseando que pase pronto porque para mí son los días más fuertes de trabajo y los sábados no son tampoco días de descanso.

A estas alturas ya debería estar habituada a los días duros en el aeropuerto, a los pasajeros rudos, a los despistes de mis compañeros, a los fallos de las sub-contratas, a los momentos de agobio y a todos los factores que escapan o no de mis manos pero que a fin de cuentas juegan un gran papel durante la jornada laboral y hasta de cierto modo determinan el resultado de la misma.

Salí de casa a las 8:30 de la mañana y no volví hasta 12 horas más tarde. Después del estrés de un extenuante día de curro en el que las incidencias estuvieron a la orden del día, tenía compromisos personales que cumplir; es lo que tiene meterme en obligaciones voluntarias que parecen coincidir todas a la vez justo los días más inconvenientes.

Una vez que acuerdas algo con La Sangre no te toca más que cumplir, así que cuando acabó mi turno y a pesar del mal humor que llevaba, me propuse ir a hacer las gestiones pendientes con la mejor disposición posible y tras visitar 5 supermercados distintos en busca de todos los ingredientes que necesitaba, finalmente llegué a casa.

Pero las secuelas del día no se hicieron esperar; a las 10 y 30 de la noche (después de darme una buena ducha y cenar) me encontraba horneando un quesillo a baño de María por primera vez en la vida, batido a mano y vertido en un molde de barro previamente recubierto con caramelo hecho de azúcar moreno reducida en agua. Un experimento bastante menos que favorable porque mis quesillos siempre han sido batidos en licuadora, cocidos en hornilla eléctrica, vertidos en una quesillera de metal y con caramelo hecho de pura azúcar blanca.

El resultado fue que el quesillo parecía continuar aguado después de tener 1 hora dentro del horno así que opté por asumir que si el cuchillo salía limpio significaba que ya estaba hecho; mañana sabremos si aquello resultó definitivamente en un error garrafal o no pero admito que eché mucho de menos tener mi molde de quesillo, mi ollita a presión y mi licuadora Oster. Lección aprendida: a veces en la cocina es mejor no inventar.

Un rato después me encontré batiendo una tarta de queso al mejor estilo neoyorquino y gracias al cielo esta mezcla sí resultó como debía. Una vez que terminé con la preparación guardé todo en su sitio en lo que mi novio me preguntó si había tapado la vainilla. Respondí segura que sí, acto seguido del cual me pasó una tapa chiquita que era de la botella de vainilla. Sin comentarios. Volví atrás y sí, me di cuenta de que metí la vainilla destapada en la alacena sin querer, aprendía que cuando uno está tan agotado es mejor no meterse en la cocina aunque también debo decir que el día no acabó allí.

Mientras mi experimento salía del horno me puse a preparar la cubierta para el cheesecake; mi madre había sido muy clara con el topping que quería así que muy esmeradamente me encontraba cociendo la mermelada de frutos rojos cuando bastante rato después de tenerla al fuego me doy cuenta de que el tarro de sal está sobre la mesa. Enseguida me vino a la cabeza la imagen del momento en el que vertí el contenido en mi mezcla pensando que era azúcar; no hay nada más asqueroso que una comida  salada así que no tuve más remedio que deshacerme de la mermelada. Aprendía que aunque tengas la sal y el azúcar en envases diferentes, el cerebro deja de funcionar correctamente después de un día de abuso de su actividad.

A todas estas le reloj ya marcaba la media noche y la única alegría que tuve fue la de saber que empezaba un nuevo día. El cansancio me jugó varias malas pasadas anoche y mi frustración al final del día era bastante incontenible.

Sin embargo agradezco el día porque anoche el Naúfrago me llegó con una barra de mi chocolate favorito y un ramillete de flores de lo más lindas. ¡Qué detalle más bonito y vaya manera de arreglarme el día! Al final todo lo que me sucedió me hizo recordar que soy humana, que aunque quisiera ser una máquina y estar en todo al 100% simplemente hay días en los que no se puede.

Después de aquel fracaso me di un respiro y seguramente una vez que el cansancio y la frustración se hayan ido, esto no será más que una anécdota graciosa para recordar.

 
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Posted by on February 12, 2011 in a llorar al valle

 

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