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Tú también nos echaste una vaina!

20 Jan

A pesar de que a esas horas debía estar en clases, mi desacomodo a la nueva rutina me hizo optar en cambio por tomarme un respiro y pasar a visitar por casa a La Sangre. Tras cruzar la puerta saludé cálidamente pero me la encontré a ella con una cara larga mientras que él, al teléfono, le daba a La Artista la noticia. Una crónica que en ese instante escuché de manera incidental pero que me afectó enormemente.

 

También fue un día miércoles; apenas un par de horas antes había sonado el teléfono de casa, del otro lado la voz de uno de mis tíos anunciaba las malas nuevas y en cuestión de segundos pasé de no saber qué ocurría a no haber querido enterarme de lo que sucedía: el Abuelo se había ido y yo sólo pude echarme las manos a la cabeza mientras que seguidamente comenzaron a resbalar las lágrimas por mis mejillas.

 

Abracé a mi madre y a él también en cuanto acabó al teléfono. Todos llorábamos desconsoladamente como sólo puede hacerse en situaciones del estilo porque aunque a los 87 uno conscientemente sabe que podría suceder en cualquier momento, por más que uno lo espere y se prepare, lo cierto es que uno nunca está prevenido y mucho menos cuando sucede de una forma relativamente repentina.

 

 

El Abuelo se había echado a morir, casi un mes antes llegó un buen día en el que se instaló en su cabeza la $%&#@ idea de que estaba cansado de vivir y decidió dejar de comer y de cuidarse. A esa edad el deterioro en dichas circunstancias se sucede a un paso exageradamente vertiginoso por lo que prácticamente de la noche a la mañana dejó de valerse por sí mismo -por decisión-, y por tanto en varias ocasiones tuvieron que llevarlo al hospital por deshidratación.

 

 

Después de estabilizarlo siempre volvía a casa, aunque decía que definitivamente ya no quería seguir en ese plan y que además detestaba que en el hospital lo bañasen todos los días. En uno de esos episodios, que para entonces se habían vuelto habituales, lo dejaron ingresado aunque asegurando que se encontraba estable hasta que le sobrevino un paro cardíaco a primera hora del siguiente día.

 

Allí se quedó tras haber vivido una vida larga, plena y feliz; tras nunca haber superado del todo el fallecimiento de su amada esposa, una con la que vivió más de 60 años y tras haber sustentado a sus 11 retoños por tanto tiempo como ellos necesitaron hasta que pudieron valerse por sus propios medios en un hogar chapado a la antigua en el que sólo él trabajaba fuera de casa para dar el pan a su esposa e hijos.

 

 

Yo lo había visto por última vez en el verano del 2007, entonces sabía que aquella podía ser la última pero deseaba que no fuese así. El Abuelo tenía mucha chispa, siempre andaba bromeando y buscando darnos oficio a sus nietos para que no lo molestáramos mientras él hacía sus cosas.

 

Nunca olvidaré la vez que le dijo a mi prima de 6 años que ella no comería arepas porque era española ( cuando mis tíos le sacaron la doble nacionalidad) y mi prima se enfadaba y le decía que ella era venezolana! Tampoco olvidaré cuando llegaba la hora de comer y él le preguntaba que si ya le habían dado su alpiste, cosa que mi prima de 6 años no entendía y justo unos días después mi tía le dio a mi prima una bolsa de alpiste para que se la regalara al Abuelo de cumple y así lograr que dejara de fastidiar a la niña.

 

Nunca olvidaré cuando mandaba a mi hermana a que le preguntase a la abuela si prefería la concha de piña o la del coco a lo que mi abuela efusivamente le respondía a mi hermana “vaya y dígale a su abuelo que me mande el coco y la piña y se quede él con la concha”, ni todas esas anécdotas que sólo nosotros vivimos alguna vez con él.

 

Nunca olvidaré su tono de voz tan particular, la forma en que se burlaba de mi nombre y le ponía un acento diciendo que era una palabra esdrújula ni tampoco las veces que siendo niña me daba un papel con un recuadro dividido en 9 casillas y me decía que pusiera allí los números del 1 al 9 asegurándome de que cada lado sumara 15. Era su forma de hacer que me mantuviese ocupada sin interrumpirle sus actividades y mientras tanto yo me rompía el coco pensando que aquel era un acertijo imposible.

 

 

El Abuelo era un hombre único, ingenioso como él solo; carpintero de oficio y duro de carácter, pero sus formas fueron amainando con el tiempo y su vida perdió el sentido tras la “vaina” que le echó mi Abuela. Ay Abuelo, usted sí que fue un hombre admirable y yo siempre lo recordaré así de lindo.

 

¿Qué más palabras se pueden escribir en momentos como éste, en los que sencillamente no salen las palabras?

 

 
3 Comments

Posted by on January 20, 2011 in días como hoy

 

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3 responses to “Tú también nos echaste una vaina!

  1. Lakia Gordon

    January 20, 2011 at 14:43

    Me encanta el artículo!

     
  2. Angelo

    January 21, 2011 at 12:19

    Lo siento mucho Coraline

    Mis viejitos decidieron hacerlo al contrario, primero partió mi abuelo y hace exactamente un año mi abuelita decidió tirar la toalla para re-encontrarlo en el cielo

    Te acompaño en el sentimiento

     

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