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Porque hoy también puede ser Halloween

28 Nov

Hace unos días nos sorprendieron al timbre cuando poco antes de las 9 de la mañana llamaron a la puerta desesperadamente como si se tratase de algún asunto de vida o muerte. Al tocar con tal insistencia, mi padre –que estaba a punto de entrar a ducharse- bajó corriendo despelucado y en pijamas a ver qué sucedía. Al abrir la puerta no vio a nadie; bajó la mirada y allí estaba una pulga que no llegará a los 20 meses en franelilla y pañales. La criaturita tendía sus brazos pidiendo algo que mi padre terminó por descifrar como caramelos.

 

Al principio mi padre no tenía idea de quién era, desorientado le preguntó en voz alta -como para ver si aparecían los progenitores despistados sin que él se viese obligado a salir en esas pintas- dónde estaba su papá o su mamá. Acto seguido sale la vecina de la diagonal que también parecía sacada de la ducha en paños menores y en lo que se dio cuenta de que mi papá la veía medio desnuda pegó un grito y regresó corriendo a la casa. Es Hindú por lo que supongo que aquello para ella tiene que haber sido un gran shock y que seguramente la mujer todavía estará rezando por andar exhibiendo en público partes de su cuerpo que su religión sencillamente no le permite mostrar.

 

Y fue entonces cuando el episodio propio de ‘Charlot’ cobró sentido: dos semanas antes se había celebrado el Halloween y aquella noche ese mismo carajito vino con su hermana mayor tres veces a hacer trick or treat. Se ve que el chamito se quedó con la idea de que aquí se repartían caramelos y seguramente dentro de su cabecita se dijo “I’ll be back” e ingeniando un súper plan para esperar la oportunidad perfecta de volver a la casa de los caramelos bien que la supo aprovechar cuando la tuvo; de eso no cabe la menor duda.

 

 

Una vez identificada la casa de la que se había escapado el carajito, mi papá lo tomó del brazo y se acercó hasta la puerta de su casa. El niño apenas camina, con decirles que se sentaba para bajar las escaleras así que aún nos estamos preguntando cómo llegó sólo a la puerta y cómo no se despepitó para abajo por los huecos de las barandas mientras se trepaba subiendo por las escaleras hasta llegar a nuestra puerta.

 

La anécdota culminó con el momento épico en el que salió el padre del chamo también espeluca’o, con ojeras y pijamas y se produjo el cruce de miradas de desconcierto entre aquellos dos vecinos que jamás se habían visto mutuamente en semejantes fachas: ambos con los ojos pelados y paralizados por unos instantes sin reaccionar como quien permanece inmóvil mientras espera la foto. El hombre se disculpó y papá regresó a casa; me imagino yo que chiquito sería el peo que le formarían después a la hermana del chamo por no haber cerrado la puerta con llave cuando salió para el colegio.

 

Este es el mismo carajito sobre el que escribí en esta ocasión y es el mismo que le mete coñazos a todo lo que encuentra a su paso sin dejarme dormir ni trabajar. Vamos, que es todo un profesional en el arte de hacer que yo no abra la ventana para no torturarme con el ruido que él se encarga de hacer todos los santos días.

 
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Posted by on November 28, 2010 in ¡agüita!

 

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