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Pa’ luego es tarde…

04 Nov

¿Les ha llegado ese momento en la vida en el que comienzan a sonar como su madre? Tardo o temprano ese tiempo nos llega a casi todos pero lo preocupante no es que llegue, sino que las frases de leyenda comiencen a salir de nuestra boca incluso antes de que nosotros mismos seamos padres #ouch.

Cuando era pequeña recuerdo que me fastidiaba que ante la petición de ayuda para completar alguna tarea del hogar, alguna de ésas que históricamente se le han delegado a las mujeres –como lo puede ser el lavar, planchar, coser o fregar- mi madre me replicase con “será mejor que aprendas porque no te voy a durar toda la vida”.

Pensaba para mi interior que no podía imaginar que ese momento llegase y que en todo caso el hecho era que mientras tanto ella sí estaba ahí. Sin embargo esa “crueldad” me permitió crecer siendo una caraja bastante poco inútil ya que disgústele a quien le disguste, he crecido en un hogar con tendencias machistas y esto me hace comprender por qué hoy en día hay tantas asociaciones dejándose la piel en su lucha por la igualdad, los lenguajes no sexistas y la no violencia de género.

Mi padre cocina poco, limpia casi nada, friega menos, no pasa coleto y no barre ningún área que no sea el jardín. No limpia los baños, no plancha, no cose y no sabe qué hacerse de comer cuando mamá está fuera de casa. Inevitablemente he crecido viendo ese patrón y cada vez me da más dolor de estómago que las cosas en mi casa siempre hayan funcionado así. Este tema por supuesto que es sensible a mucho debate pero yo creo que existe una gran diferencia entre atender al marido y ser su esclava; especialmente en la sociedad de hoy en día en la que las mujeres también salimos a la calle a trabajar como para encima tener que cargar con todo el trabajo de casa.

Por un lado reconozco que mamá me hizo un gran favor al acostumbrarme a hacerme mis vainas y me alegro de no ser una princesita inservible a la que todo se lo hicieron y a la que todo se lo hacen; pero por otro lado detesto que la regla no se aplique igual para todos y que por ejemplo mi hermano sí sea un principito de Persia que no mueve un dedo sólo porque tiene un musculito sin hueso entre sus piernas.

Durante años esto fue motivo de mucha arrechera y de incontables peleas por lo injusto que me parecía y que de hecho es. Yo siempre protestaba hasta que un buen día mi madre me preguntó retóricamente “¿quién te mandó a nacer con una rajita?” Entonces me cayó el diez y supe que o tenía que cambiarme el sexo o asegurarme de que ese patrón no se repitiese en mi vida.

 

Por supuesto que desde entonces he tenido una idea muy clara de lo que NO pretendo hacer de mi hogar el día que me toque tenerlo, pero lo positivo de toda esta historia es que a un paso de lanzarme al agua, creo que comenzaré con buen pie ya que afortunadamente mi pareja se independizó bastante joven y ha aprendido a valerse por sí mismo en todos y cada uno de los aspectos de su vida: es un gran cocinero, sabe lavar, es aseado, mantiene su casa ordenada y en líneas generales me ha demostrado que no es ningún inútil, lo cual es para mí un gran alivio.

Eso sí, criado en una buena sociedad venezolana machista, el niño no sabe coser ni planchar porque históricamente estas actividades siempre han sido asociadas con las hembras y porque un hombre que sepa estas cosas es instantáneamente tachado de pendejo o marico; pero en nuestro caso el mal podría ser mucho mayor.

El punto que me movió a escribir toda esta historia, fue un episodio vivido con él en estos días. Justo antes de salir de su casa para un evento nocturno, intentaba decidir cómo vestirse así que saca la camisa que se va a poner y me dice que no hace falta plancharla porque está bien. Le pongo cara de youcan’tbeserious y le digo que la camisa está toda arrugada. Acto seguido se me ocurre la brillante idea de decirle que la deje que yo se la plancho a lo que seguidamente escuché un bajito “yoohoo” en tono de Homero Simpson.

Metí el retroceso y le pregunté si acababa de decir lo que creí escuchar. Estaba en lo cierto. Entonces acordé con él que le iba a planchar la camisa, pero que él se iba a fijar cómo lo hacía porque seguramente –y aquí le llegó el turno a la legendaria frase de mi madre– yo no le iba a durar toda la vida…

 
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Posted by on November 4, 2010 in estamos mal pero vamos bien

 

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