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¡Qué carajito más ladilla!

26 Sep

Siempre he soñado con ser madre cuando sea “oportuno” tener esa vivencia en mi vida -y lo pongo entre comillas porque en algunos casos el momento oportuno nunca llega-. En otras palabras, nunca es el momento oportuno para tener un hijo; a veces por el tema profesional, otras por el laboral, algunas más por el tema económico y muchas otras razones que hacen que las condiciones perfectas –todas a la vez- casi nunca existan.

En líneas generales el sueño más grande en el que la mayoría de mujeres coincidimos es precisamente el de prolongar la especie y experimentar la singularidad del acontecimiento que nos distingue genuinamente del hombre: ser madres, procrear y alojar criaturitas en nuestros vientres; es la esencia de la naturaleza con la que además del volumen de la barriga hinchada, llega también la vida y el amor.

Hoy en día tener bebés está de moda entre las mujeres de mi entorno; seguramente porque todas las mujeres son más o menos contemporáneas conmigo y han precisamente alcanzado la edad “idónea” para procrear. Últimamente es un lugar común que cada vez haya más mujeres en mi vida que están preñadas.

Recuerdo que hubo una época en la que me entró el antojito de tener un bebé, no sé si es lago que nos ocurre en algún momento de la vida pero ahora sé que se trataba de un capricho descabellado que tuvo lugar en una etapa en la que uno realmente no sabe lo que dice ni lo que hace; ni siquiera se tiene el deseo de ser madre sino simplemente de tener un hijo como si fuera un juguete o un clásico “bebé querido” (hembrita o varón, hace pipi, hace babitas).

Hoy en día, aunque sigo soñando y anhelando ser madre y formar un hogar, sé que es algo que no deseo en este particular momento de mi vida. Tal vez porque sé que hay cosas que desearía hacer antes de abrir esa puerta y dedicarme a los menesteres que ser madre implica o quizás porque siento que he pasado toda mi vida viviendo al ritmo de otros como para echarme ahora la soga al cuello teniendo criaturitas que también me hagan bailar a su ritmo.

Necesito un tiempo para mí. Para quemar mi etapa de mujer soltera y sin compromisos. Ennoviada pero sin compromisos familiares más que los estrictamente necesarios. Sin embargo cada día en vez de ver más cercano el día en que me toque tener hijos, resulta que lo veo como algo más bien lejano y no sé si me asusta o si por el contrario me agrada que, de momento, sea así.

Seguramente cuando pise los 30 me entrará la espinita típica de tener un muchachito. Uno a esa edad comienza a preocuparse de quedarse solterona y si bien hay que vestir santos, lo menos encontrar a alguien que te haga el favorcito de darte un hijo. Seguramente me saldrá mi vena más maternal cuando sienta que  me estoy poniendo vieja y que si me descuido se me quema el arroz (como suele ocurrir en la cultura occidental), pero hoy tengo claro que no veo un hijo en ningún futuro cercano de mis días.

Pensando más detenidamente sobre esto, creo que lo que me ocurre es que en mi vecindario viven unos carajitos DEMASIADO ladillas. No quiero ser rata; me gustan los niños, pero la verdad es que durante los 3 años que llevo viviendo aquí, ha sido un bebé tras otro porque cada año una vecina distinta se empeña en salir embarazada y parir, y me he estado aguantando 3 años seguidos y enteros de lloriqueos y gritos a cualquier hora y cualquier día, lo cual me hace pensar más fríamente en que ser madre quizás no es lo mío.

Por supuesto que me preocupa un poco sentirme así y llegar a un punto en el que ese sueño que he tenido desde niña se vea truncado por lo fatigoso que me resulta pasar todo el día escuchando a un niño llorar.

Primero fue el canario, luego el hindú y ahora es el bebé de los venezolanos los que incordian mi paz y mi existencia:

El canario vivía en el piso de arriba y daba la lata no sólo por sus lloridos sino porque se la pasaba tirando cosas a nuestro patio. Todos los días bajaba su hermanita a recoger algún muñequito de Spiderman, calcetines, pelotas y cualquier cantidad de objetos que acababan siempre en el mismo lugar y que hacían lucir el patio frontal de la casa como un verdadero rancho. SU madre se la pasaba pidiéndonos disculpas y pegándole gritos al coñito para que no lanzara objetos a nuestra propiedad pero el carajito pasaba olímpicamente, lo cual resultaba en aún más gritos de su progenitora.

Finalmente me mudé a una vivienda que está diagonal a la de antes; ahora soy yo quien vive en el piso de arriba, pero en el otro lado, también diagonal vive el hindú que en su época lloraba cada madrugada y agugugueaba todo el santo día. Cuando empezó a caminar se oían golpes y coñazos de todo tipo y el chirreo de las desgastadas rueditas de su andadera por todo el lugar y ahora que está más grandecito se dedica a batuquear un carro de plástico de su tamaño contra el suelo haciendo un ruido infernal. Lo más increíble es que le da golpes al pobre juguete como un desesperado sin que nadie intente detenerlo.

Mi tortura actual es la del venezolano que llora y grita a todas horas del día pero no como un bebé normal sino como si estuviera poseído por Chucky. Berrea como si lo estuvieran matando a cuchillada limpia a todas las malditas horas del día, lo cual hace que mis horas de sueño y trabajo se vean inoportunamente interrumpidas sin que se oiga grito de madre o abuela alguna mandándolo a callar más que los propios gritos de Coraline a la voz de “qué carajito más ladilla!!!” a todo gañote como pa’ que no quepa duda de que el energúmeno es una soberana  molestia.

No sé si alguna vez tendré la dicha y el privilegio de ser madre ni cuándo ocurrirá, pero espero que la tortura de bebés que tengo por vecinos no me haga desistir por completo de la idea de procrear y que cuando llegue mi turno Dios sea lo suficientemente generoso como para mandarme un carajito normal y ayudarme a educarlo de la mejor manera posible.

 
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Posted by on September 26, 2010 in claro y raspao

 

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