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Interpretando caracteres

08 May

Hay pocas cosas en la vida que me cuestan más que entregarme a la acción de leer a pesar de que es bien sabido que la lectura podría ser sinónimo de cultura y que dentro de cierto contexto, incluso podría ser directamente proporcional al nivel de escritura.

Para mí tiene sentido que cuanto más se lee más rico es el vocabulario, más claros están los conceptos y más facilidad se tiene para manifestar nuestra propia palabra escrita; pero esto no es una regla y ciertamente hay muchos hombres inteligentes que han alcanzado importantes logros aún cuando nunca tuvieron capacidad de lectura, lo cual sin embargo no quita la importancia que tiene la misma.

Si lo analizamos detalladamente la lectura es básica para comprender un simple manual de instrucciones o para conseguir un buen empleo que requiere nuestra capacidad para interpretar datos y reportes. La lectura nos permite desarrollar nuestra habilidad mental, dar rienda suelta a la imaginación, trabajar en la concentración, aprender y descubrir cosas que antes ignorábamos, mejorar nuestra ortografía y contemplar nuevas ideas.

Entre otras cosas, las letras son un legado sólido que permanece a través del tiempo y que sirve como un recordatorio perenne de historias, pensamientos o ideas; los libros se quedan incluso después que sus autores se han ido y en última instancia la palabra escrita y nuestra capacidad de leerla es la que nos permite evolucionar y enriquecernos.

Pero aún sabiendo todas estas cosas, yo nunca desarrollé el hábito de la lectura aunque no sé si si nace lector o si el lector se hace; lo cierto es que me cuesta mucho tener la iniciativa de coger un libro. Por supuesto que hay libros y tópicos que son de mi interés y que me facilitan la labor; pero en líneas generales me considero una lectora bastante pobre con todo y que a diario dedico lo menos una hora a leer los blogs de otros; no parece ser suficiente como para auto-calificarme  de buena lectora.

Es curioso porque de pequeña recuerdo que mis padres solían llevarnos mucho a la librería del Ateneo de Caracas en Venezuela. Allí pasábamos horas porque era una forma de diversión barata y recuerdo vivamente que me sentaba con mi hermanito a curucutear los libros y a ver sus imágenes y a descubrir esos mundos nuevos que hasta entonces eran desconocidos para mí; ¡cómo lo disfrutaba!

A medida que fuimos creciendo comenzamos entonces a frecuentar la Tecniciencias en el CCCT y allí también pasábamos horas instalados intentando decidir cuál libro sería más convincente para que mis padres accediesen a comprarlo. Por eso a veces no entiendo en qué parte del camino me perdí o en que momento el interés por la lectura abandonó mi cuerpo.

Cuando era más mayor recuerdo que una vez los Reyes me regalaron un libro que se llamaba Los Anillos de Saturno; fue un libro fascinante que no sólo me abrió las puertas a un cosmos de información sino que además me acompañó por tantos años como pude conservarlo y me enseñó lo poco que sabía sé sobre el universo, los planetas y el Señor Galileo Galilei.

Ya cuando comencé la adolescencia me limité aanalizr sólo aquellos libros que me obligaban a leer en el colegio; Platero y Yo, El Túnel, Relato de un Naúfrago, La Vida es Sueño, Cien Años de Soledad, Otello, Cuentos de la Selva… Y tantas veces como pude alquilé la película correspondiente para enterarme de lo que iban o les pedí a mis compañeras que me lo contasen bien fuese porque no conseguí acabarlos o comprenderlos. No puedo negar que algunos de ésos libros los disfruté; pero incluso ellos tampoco fueron suficientes como para convertirme en una lectora habitual.

Más tarde cuando comencé la universidad me leí The Celestine Prophecy de James Redfield que se convirtió entonces en mi libro predilecto. Claro que, para alguien que ha leído tan pocos libros como yo es un sacrilegio hacer una afirmación como ésa puesto que realmente no tengo suficiente en qué basarme para ello.

Lo que sí nunca dejé de devorarme durante aquella época fueron los libros de texto; especialmente los que eran pura y duramente de mi carrera. Aún conservo la mayoría de ellos como si fuesen tesoros de mis días de estudiante y aguardo ansiosa el momento en el que pueda volver a ellos.

Antes de mudarme a España recuerdo que uno de mis amigos me regaló El Hobbit de Tolkien; una edición especial limitada con portada de cuero verde; aquello fue un regalo que vino del alma y además debió costarle mucho dinero a quien me lo dio; pero humillantemente no lo terminé y si él hoy lo supiese, seguramente se sentiría tan decepcionado de mí como avergonzada estoy yo por ello.

Más adelante me topé con Déjame que te cuente de Jorge Bucay; no sé cómo llegué a cruzarme con él pero fue el primer libro que recuerdo haberme comprado por iniciativa propia seguramente porque lo vi publicado en alguna revista; de eso hace apenas un par de años pero también con vergüenza debo confesar que a pesar de que me fascina el libro, ese tampoco lo terminé de leer por razones que, sinceramente,  desconozco.

Entretanto he leído algunos otros libros; casi todos de autoayuda, casi todos cortos; muy resumidamente todos del tipo de libro que me gusta leer, y entonces he reparado en que me pasa con frecuencia que comienzo a leer libros que luego nunca termino y empiezo a detestar esa sensación de dejar las cosas a medias o de no ser lo suficientemente capaz de acabar una -simple- lectura.

Sería engañarme a mí misma decir que eso ahora va a cambiar; realmente para mí el camino es muy cuesta arriba porque no es que no me guste leer sino simplemente que no tengo el hábito de la lectura y tampoco he aprendido a sacar el tiempo para hacerlo. Normalmente invierto mi tiempo en otras actividades que si bien no son particularmente más productivas; sí son más de mi interés, aunque no sé si eso es suficiente argumento.

Tengo libros aún por comenzar y otros muchos aún por terminar; pero ninguno parece motivarme.

A pesar de todo lo anterior y como me dijo una vez mi pareja actual, hay libros que buscan el momento para que uno los lea y hay libros que se cruzan en nuestro camino cuando es el momento oportuno; supongo que eso fue lo que me pasó hace unos días cuando entré a una librería buscando un libro en concreto para regalar y sin saber cómo o por qué el librero me sacó en lugar del que le pedía, “El camino de la espiritualidad” de Jorge Bucay.

Me quedé paralizada por un momento puesto que el título no podría ser más oportuno en este momento de mi vida; no vacilé en llevármelo como si hubiese entrado directamente a buscarlo o como si supiese que apenas acaba de salir en Marzo de este año.

No cabe duda de que es el libro más grande del que alguna vez he sido dueña (eso sin contar los libros de texto) por lo que esta vez el reto es conmigo misma. Ya va siendo hora de leer por decisión y con convicción y no por aburrimiento u obligación. A ver si consigo superarme a mí misma y cumplir con el sobrentendido propósito de leerme hasta el final el libro que me compré así como todos aquellos que una vez comencé pero nunca acabé ya que jamás he sido del tipo de dejar las cosas a medias.

Pero el camino se hace andando, así que prefiero que este post no se convierta en un recordatorio perpetuo de cómo me comprometí a hacer algo que luego no hice; eso no significa que no vaya intentarlo, pero prefiero hacerlo en vez de decirlo!

 
1 Comment

Posted by on May 8, 2010 in toy ponchá'

 

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