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Para Cagarse

05 Aug

Hace unas semanas me enteré de uno de los episodios que por desgracia cada día se vuelve más característico del hampa venezolana: me refiero al asalto a mano armada.

Por supuesto de ésos deben registrarse cientos y miles al día en toda la capital nacional y en el territorio entero; pero estos eventos se convierten en personales cuando le toca vivirlos a nuestros conocidos o lo que es peor aún, a nuestra familia.

Viaje a la farmacia de la esquina en algún rincón de Los Palos Grandes (Caracas, Venezuela). Chico de 20 años vistiendo ropa deportiva; shorts, zapatillas y camiseta mientras trotaba sin cartera y con sólo un iPod en la mano. Tres tíos en un coche –destartalado- le abordan mientras le apuntan un arma; obligándole con ella a meterse en un callejón. Aparcan el coche y se bajan. Le piden el dinero.

Él responde que no lleva dinero encima, sólo las medicinas que traía de la farmacia. Uno de los sujetos le pega en la cabeza con el arma y lo manda hasta la pared del impacto. Él tropieza mientras el individuo le saca el aire de un gancho en el estómago. El chico cae al piso.

Los tres tíos se dedican a patearle mientras le insultan; le dicen obscenidades de ésas que ni siquiera sabemos que existen porque son muy fuertes como para imaginarlas. Le acusan de oligarca, entre otras cosas, mientras que él trata de cubrirse la cabeza y hasta que uno de ellos decide ponerle el arma en la boca amenazándole con quitarle la vida.

Por supuesto no se han inventado las palabras para describir el trauma del chico que estaba en el suelo ni para explicar cómo veía pasar la película de su vida frente a sus ojos mientras alguna lágrima escapaba de ellos. Ésa sensación sólo la conocen los que han pasado por alguna situación similar, y seguro estarán de acuerdo en que es una conmoción indescriptible. El tío carga el arma ya listo para disparar; a la vez que otro de ellos le dice que no le mate ahí porque hay mucha gente.

Plena luz del día alrededor de las 15 horas. Los curiosos miraban desde el otro lado del callejón como si fuese un evento típico del día. Los tíos deciden marcharse en el coche –por supuesto- tras despojarle del único objeto de valor que llevaba consigo.

Se levanta como puede entre los nervios y el dolor de los golpes mientras los curiosos le miran sin inmutarse. Nadie hace nada. Nadie dice nada.

Todavía hay que señalar que es un milagro y agradecer que le hayan dejado vivo y que no le hayan secuestrado, pues los secuestros express ya se consideran “normales” en el país y de haber tenido tarjetas de crédito de seguro le daban un paseo por todos los cajeros de Caracas. Todavía hay que dar las gracias porque no le dejaron inconciente, en cuyo caso seguramente también le hubiesen despojado de sus ropas.

El resultado no sólo fueron los golpes y moretones, sino también el susto, el mal rato y el trauma de por vida. Esa marca que más allá de las cicatrices te hace una persona más agresiva, que te llena de rabia y de coraje y que despierta tus instintos más animales.

Hasta cuándo?

Y quién es él?

Él sólo es otra víctima de la violencia Venezolana.

 
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Posted by on August 5, 2008 in todo lo demás

 

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